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Histórico... ni el mejor guión adaptado a 'Hollywood' o 'Disney' podía ser tan maravilloso como el final de este Súper Bowl. Pero este partido sólo fue la suculenta cereza del pastel, que remata todo el esfuerzo de cada miembro de los Eagles de Philadelphia ganadores por vez primera del trofeo "Vince Lombardi".

El Super Bowl LII no será recordado por apagones inesperados, por balones desinflados, ninguna polémica manchará la victoria de estos jugadores que dieron todo partido a partido, yarda a yarda, por aire y por tierra, con tres derrotas que dieron experiencia para volar más alto.

Cuando la tormenta negra, vestida de lesión al quarterback titular azotó a tus puertas, un héroe resignado a la banca con dorsal 9 surgió y cuando todos auguraban una estruendosa caida con tus alas aparentemente cortadas, dio el sustento para sobrevolar tal tormenta y perfeccionó el vuelo para atacar a uno de los mejores equipos, no sólo de ésta temporada sino de años recientes.

El rival no menos meritorio, lo comanda un experto en estos juegos de presión. Preparado para su sexto anillo, cuando nadie ha ganado cinco como él.

Un experto en manejar el tiempo, en saber cuándo soltar ese increíble brazo, sólo igualable a héroes de otros tiempos y otras batallas.

Tan grande es el rival, que se atrevió a hacer jugadas de fantasía, cuando con un engaño a la defensiva dio el balón un corredor y salir corriendo al lado opuesto de la jugada para recibir el ovoide, pero hasta las estrellas tienen sus límites, ya sea el inexperto lanzador con un pase impreciso o el quarterback con manos firmes para lanzar, pero que flaquean cuando de atrapar se trata.

El rival intentó de todo, probando a tu defensiva intentaron volar más alto, pero con reflejos rápidos y manos como garras, atrapaste a la presa en el aire y la derribaste para mostrar que éste día nadie, nadie, volaría más alto que tú.


Comandaste toda la primera mitad, desde el principio te fuiste arriba en el marcador, errores quizá por nervios te costaban retroceder, pero seguías viendo de frente, nunca perdiste el rumbo y seguías anotando.

No podías dejar de marcar, tenías que sacar la mayor ventaja, estudiaste al rival y sabías que la tormenta podía tornarse más fuerte en el segundo tiempo. Tu rival no se quedó atrás y nunca se alejó de ti. Las defensivas ganan partidos y hasta ahora, ninguna de las dos podía detener tales embestidas. Por un breve instante y por una breve diferencia, New England probó tu temple, pero de inmediato vio de qué estaba hecho Philadelphia y su gusto duró poco, supiste darle la vuelta para nunca más caer. Lograste anotar, heriste al rival pero lo dejaste vivo y con ganas de responder.


Y se cumplió lo antes dicho, tu defensa sacó la casta, logró hacer lo que toda la noche no pudo, presionó al quarterback más grande de estos tiempos y le robó el balón en una de las jugadas que marcaron el partido. Al final, no dejaste que la imponente presa furiosa, salvaje y enloquecida llegara a intimidarte acercándose demasiado al único lugar que te podia hacer daño, la zona de anotación, controlaste tu nerviosismo, incluso tu miedo, impusiste tu juego y cosechas lo que trabajaste, en honor también a grandes hombres que han defendido los mismos colores, pero con otras historias también grandes pero jamás coronadas.

¡Felicidades campeones, felicidades Eagles de Philadelphia!

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